Criar insomnios

No todos tenemos la suerte o la capacidad para cultivar el delicado arte del insomnio. Desde luego, quienes la poseen no necesitan de instructivo alguno porque han sido dotados del talento necesario para desarrollarlo sin ayuda de un instructivo detallado o siquiera de algún consejo o sugerencia al respecto. Simplemente, apenas apoyan la cabeza en la almohada advierten que el sueño, ese refugio, ese almacén de naderías diurnas o nocturnas, con su desfile de imágenes borrosas, frases inconexas y sucesiones deshilvanadas de fantasmagorías que el durmiente trata de rearmar y asignarles sentido durante la vigilia, no les resulta propicio. Entonces es el cuándo, entonces la negación abre su virtud, la de ofrecer un espectáculo.

El insomne, apenas sobresaltado por esa evidencia, se dedica a observar a gusto a su compañera o compañero de lecho, entregándose a las consecuencias fisiológicas que acompañan al aflojamiento o relajación propia del dormir. La expresión del durmiente, que durante su vigilia administraba o derrochaba todos los recursos de la vivacidad, se vuelve quieta y monótona. A veces la altera el tráfago de una pesadilla (lo/a abandona un/a novio/a muy querido/a pero después vuelve; cae infinitamente de un trampolín situado en las nubes y el lugar donde hará contacto con el agua tiene el diámetro de un balde; sueña con un premio que lo/a salve pero se lo dan a un/a colega que encima se lo merece; descubre su personalidad oculta que tras su autopercibida condición de santo/a lo/a llevó a cometer hechos aborrecibles, no siendo el crimen el peor de ellos) o de un casual rapto de felicidad (el durazno entrega la delicia que su aspecto prometía; comprende plenamente a Heidegger, Kant y Hume; se encuentra con la totalidad de la novela que lo/a ocupará el resto de nuestra vida y sabe que al despertar la olvidará y podrá escribirla sin recordarla, descubriéndola día tras día).

Por supuesto, el insomne es ajeno a ambos rasgos de la actividad onírica, y solo puede testificar su existencia contemplando con asombro, desdén o envidia los reflejos en la expresión de su compañero/a soñante. Por discreción, no abundaremos en este punto acerca de otros episodios de la fisiología del o de la durmiente, que en su laxitud se distrae de todo control y puede propender a la indiscreta proliferación de ruidos de toda laya. Ciertamente, el/la lector/a sabe a lo que me refiero: los variables conciertos de gemidos de búfalo en celo, lamentos de serrucho, suspiros y bisbiseos, agonías y miserias todas que en su despliegue proporciona, y también soslayaremos por pudor todo análisis acerca del sentido tanto espiritual como crasamente físico al que apunta la famosa frase de algún cínico inglés: “El matrimonio, una colección de malos humores durante el día y de malos olores durante la noche”.

En todo caso, en su oscura o clara noche del alma, el insomne observa de manera compasiva o despectiva o simplemente absorta, y de ese despliegue puede extraer, si quiere, alguna conclusión o consecuencia. Pero lo que se le escapa, y tal vez finalmente no quiera, es dormir. Dormir durante horas, enteramente, a pata suelta. Entonces, ¿qué hace, además de cultivar con deleitoso afán, con frenesí de consumidor de horas que se van despegando lentísimas en minutos y en segundos donde se palpita el tiempo del universo (ya sea uno o múltiple, ya sea una proyección holográfica o un megapíxel)? El insomne consecuente sabe que esas, las de su desvelo, son horas preciosas, que puede ocupar en revisar, con la excitación o el desánimo que le proporciona el uso extensivo, todos los aspectos relevantes de su vida: desde lo que quiso ser y no fue; desde lo que anheló y se le escapó, hasta lo que consiguió pese a no haberlo buscado o querido. No se trata necesariamente de un balance pesimista, sino de una revisión inclinada a la perspectiva crítica propia de la lucidez extenuada por ramalazos de agotamiento. A veces, contra su voluntad, el insomne se derrumba o se entrega finalmente al sueño y –es una pena– se vuelve igual al resto del mundo.

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