Don Leonardo, el enfermero de Usno

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De madrugada, con frio, lluvia, a la siesta con un sol calcinante, de esos calores que ni los lagartos cruzan la calle. O en el día del cumpleaños del nieto, o justo antes de sentarse a cenar para despedir el año con su familia, alguien llegaba a pedir auxilio, y sin quejarse, tomaba su chaqueta, el estetoscopio, la bicicleta y partía.

 Así fue, por 40 años la vida del enfermero de Usno, como todo el mundo le llama. Para el pueblo es don Leonardo, o don Burgoa. Si con volver a mencionar el nombre, suena casi musical, o será porque decirlo significaba ayuda, servicio, caridad, vida. Vida que se iba o vida que nacía, palabra que a él le gusta tanto.

«Si fuese un joven rebelde y alocado de esos modernos de hoy en día y me tuviese que tatuar ( cosa que de locura no más lo haría, lógicamente), sería la palabra VIDA, acá en el corazón» así comienza la charla con el personaje destacado de hoy:

  Leonardo Burgoa, nació en Las Sierras de Chávez, un 15 de enero de 1946, hijo de Silvestre Burgoa y Vicenta Chávez. A los tres años, la familia se traslada a Los Bretes, en Valle Fértil, y ahí creció junto a sus 13 hermanos.

Al parecer, la responsabilidad y el trabajo fue adquirido desde la cuna prácticamente.  «Allí, siempre había algo para hacer, desde chiquito me ponía mi mamá que busque los nidos de las gallinas, después a buscar los huevos, a seleccionar maíz para sembrar, era como un juego, hacíamos carrera, al que tenga los mejores granos de maíz, o de porotos, era muy lindo» comentó Leonardo con un brillo en los ojos ante la evocación.

 

 

Como es habitual en el campo, las tareas no faltan, es más, parece que se multiplicaran. Y de acuerdo a la edad eran las obligaciones, «arar, sembrar, atender a los animales, sacar agua, o acarrearla, cortar pasto coirón para arreglar los techos, en definitiva, siempre había tarea» cuenta.

«Una de las cosas más locas que he hecho, y estoy feliz haber tomado esa decisión es aceptar la propuesta y estudiar enfermería. A los 31 años le llevé el título a mi madre y hoy tengo una jubilación, por eso, sé que estuve maravillosamente loco.

Leonardo, es un hombre sencillo, mesurado, con una paciencia de oro, y una vocación de servicio, pocas veces visto. Se dedicó a sus pacientes con una vocación casi sacerdotal, montaba su bicicleta, o un caballo si hacia falta, para ir a prestar auxilio ya sea a un puesto o al cerro.

No importaba si era de día o de noche, sabía que ya daría a luz la paciente y en las condiciones en las que estaba, y él se preparaba. Y hasta la hoy tiene registradas las fechas de nacimiento de los integrantes del pueblo, todo está archivado en esa memoria prodigiosa.

Desde el año 1970 al ´76 trabajó ad honorem en el Htal. A. Albarracín, y desde ahí en distintos puestos, la etapa de anclaje se inicia en Baldes del Rosario, dónde trabajó 9 años.

Y desde el 5 septiembre de 1985, comienza a estar de servicio en el Puesto Sanitario de Usno. Allí, era enfermero, ordenanza, farmacéutico, todo, encima psicólogo, maestro, amigo, y compañero. Porque era buen compañero. Y para » relajar tensiones y aprovechar el tiempo», tenía una huertita en el fondo de la sala.

Don Leonardo, es viudo, Juana Tejada fue su esposa y tuvieron tres hijas, Celina, Adriana y María Elisa, tiene 8 nietos y por ahora pasa sus días en Córdoba con la menor de las tres.

 

Se jubiló, » y no resultó como me hubiera gustado jubilarme, porque me enfermé ( sufrió un ACV) falleció Juana, y mi mundo quedó dado vuelta. Pero si hubiera estado bien, ahora para la pandemia, me hubiera puesto al servicio de la doctora Ana ( Crubillier).» contó entusiasmado casi con las mismas ganas de trabajar de siempre.

 

Le gusta leer, «es mi terapia antes de dormir, siempre me gustó leer, aunque sea un prospecto, algo. Cuando estaba sano, tenía mi chacra, trenzaba. Esas cosa me gustaba hacer, ahora no puedo.»

«Una locura que viví, cuando me cuerdo me da risa de pensarlo solamente». Y le brillan los ojos y se sonríe. «Eso fue cuando me avisaron que José Burgoa, se había quebrado allá en la cima de las lomas azules que se ven a lo lejos, allá por el rio de Usno, y yo rapidito preparé el maletín con lo necesario para llevar. Salí rápido cerré la sala, agarré la bicicleta y me estaba por ir cuando me dice, un niño, » A dónde va a ir en bicicleta Don Leonardo, tenemos que ir en el caballo», qué locura la mía » cuenta entre risas.

Esta es parte de la historia de este enfermero que brindó su conocimiento, su trabajo, su tiempo, su cariño, su confianza, su amistad, su vida a 40 generaciones de un pueblo que quizás, como pasa en el mundo entero, nunca se dió cuenta del valor, la importancia que tiene en la sociedad, un ser dedicado a cuidad la salud del prójimo.

Y muchas veces, para ellos, los profesionales de la salud es más que su vocación, su trabajo, es su vida entera y como dice don Leonardo:

» En estos momentos de mi vida, ahora como me encuentro de salud y en medio de esta pandemia, lo que me llena de vida, además de mis nietos, es el recuerdo de tantas vidas que llegaron a este mundo en este pueblo y que yo tuve la dicha de velar por ellos. Muchos se apagaron, pero son más los que quedan y verlos pasar ya suman segundos de vida a la mía «