Margarita Chávez: “Orgullosa de haber sido capaz de criar a 19 hijos»

Aunque no pudo ayudarles a obtener un título, logró que sean buenos, en los menesteres cotidianos de su vida. "Mis hijos son profesionales en las tareas del campo”

Vivir en lugares inhóspitos, no es para nada fácil, pero con mucha fortaleza, fe en ese Dios que les regaló un maravilloso lugar dónde formar su hogar, con carencias, vicisitudes, pero con otras muchas riquezas.

Esas que, aquellos que tienen todo lo que a los serranos les falta los convierte en unos verdaderos afortunados. Porque la paz que hay en esos lugares, la cantidad de valores que aún persisten en esas comunidades, y ya se perdieron en las grandes urbes. Esto hace pensar a más de uno, lo paupérrimos que son en estos aspectos.

Y Margarita Chávez, es una de esas mujeres que forjaron su hogar desde los 15 años con amor, sudor de su frente por el sol, con los huesos congelados y adoloridos, y los músculos cansados de tantas horas a mula para traer un nuevo hijo a casa, o el pan.

“Era muy mortificante (sacrificado) ir al bajo para hacer alguna diligencia. Porque no hay un almacén cerca, si o sí hay que ir a Astica y entre ir y volver empleábamos 3 días a lomo de mula, 18 horas para ir y volver. Con las inclemencias climáticas que son durísimas, con grandes temporadas de temporales de lluvia y nieve.

 

Se llevaba dos o tres niños a los otros los dejaba en la casa para poder hacer las labores cotidianas. “No hubo un día de esos en los que yo viajaba y que me haya ido contenta, sembré muchas lágrimas en esa senda. Y siempre soñando con tener un camino, para aliviarnos un poco” dice Margarita.

 

Se casó a los 15 años, con Ladislao Reyes Chávez, la fiesta fue en Astica y duró una semana, “porque llovía, no faltó nada, la gente no se podía ir. ¡La suerte que teníamos comida!  (risas).  Fue muy lindo».

 

Como se casaron muy jovencitos, “porque antes era así, nuestros padres nos decían que debíamos hacerlo y eso se cumplía, y si teníamos algún noviecito, con más razón” acota Margarita, recordando al mismo tiempo que los tiempos cambiaron.

“Antes, éramos desconocíamos muchas cosas, nuestros padres nos ocultaban tantas, seguro que, para cuidarnos, pero veo que no siempre es bueno no saber” dijo, la serrana.

Cuando se casaron con Reyes, no tenían ni siquiera en qué dormir, sin embargo, no se conformó, ni se amoldó a eso, al contrario, y lo manifiesta ella con nostalgia, ya que por aquel entonces era solo una adolescente, y tenía además un oficio que lo pondría en práctica luego, tejer y bordar felpa.

 

 

 

 “Un día le dije a mi marido, esto no puede ser así, el que se casa, casa necesita, no me has sacado de la casa de mi casa para traerme a la de los tuyos. ¿Vayámonos a las cosechas, y juntemos ese dinero para comprar lo necesario para hacernos una casita y tener una cama digna”?

 

Así lo hicieron, y de apoco empezaron, trabajaron tan duro, que les alcanzó el dinero para edificar su primera pieza. Claro que, de piedra, con techo de pasto coirón (vegetación propia de la zona montañosa adecuada para eso)

Pero adquirieron el cemento, el nylon impermeabilizante, y las cosas básicas para un hogar, dado que eran un matrimonio que se iniciaba.»  Y se puso a tejer al telar, jergones, mantas, ponchos, para tener, también para vender.

Siempre con las prendas, Margarita se ganó el sustento, “cuando bajaba a Astica llevaba esas prendas que hacía para cambiar por mercaderías. Y si me pagaban con efectivo, compraba calzado, ropa, lo necesario”.

 

Fue convocada por el director de la escuela, por aquel entonces, para que les enseñe a tejer al telar a los alumnos “más de 10 años estuve de “profesora” de tejido al telar, sin cobrar un peso en todos esos años (ad honorem) solamente con lo hice con cariño” manifiesta.

 

 

“Agradezco a Dios y a la Virgen haberlos podido criar a todos mis hijos. Estoy orgullosa. No pude darles un título profesional, pero lo son en las tareas del campo. Todos ellos saben hacer una casa con piedras, tejer sus mantas, hacerse su ropa, amasar, cocinar, ordeñar y hacer lazos.”

Lo dice con una fe y un agradecimiento tan profundo que se le puede ver a través de sus ojos negros. Por momentos la conversación era interrumpida por una fuerte brisa que cortaba un poco el solicito de septiembre.

 

El bullicio de más allá y unos gallos cantores recordaban de pronto que en el lugar había muchos más que dos. Sólo que no se habían percatado que tenían el alma al aire.

 

Allí sentada en una piedra, había una MUJER, UNA MADRE que estaba mostrando cómo es la vida y cómo se vive en latitudes como las Sierras, con las carencias y dificultades de estar lejos de todo » Solo al cuidado de Dios. No tenemos nada más».

 

Y si de dolores se trata, vaya si sabe de eso Margarita. Lo conoció cuando perdió a Abraham, su primer hijo » tal vez haya sido porque yo no estaba bien alimentada, no lo sé, pero a los pocos días de nacer murió» cuenta con el dolor en carne propia, porque tiembla al contar.

 

Y lo volvió a sufrir.  Pero esta vez el corazón ya estaba más firme, los años la habían convertido en abuela y no una joven cómo lo era aquella vez. Un día cómo a las 10 de la mañana llega un comunicado por la radio (así se comunican aún hoy con los pobladores de las sierras.

 

Cuando llegó se encontró con un puñado de nietos que habían quedado huérfanos.

 

«Me encontré con mis nietos en un lugar que le daba más pena a mi corazón. Que ya estaba herido por la pérdida de mi hija, pero los niños me partían el alma» dijo llorando.

 

Y pensar que en casos como estos en los que los abuelos maternos deben hacerse cargo de los nietos y son mucha las veces que no se puede. «Porque, ¿ qué les podía ofrecer yo, mire si ellos viven en Las Chacras. Si bien es campo como acá, pero no es lo mismo. Estuvieron unos días con nosotros y no se adaptaban. Así que se quedaron con el padre?».

 

Pero Margarita no los dejó a la deriva, luego de pasar unos días en la localidad caucetera con los niños, se volvió, vendió unos animales y se fue con el dinero para construirles unas dos habitaciones y terminar otra, les puso una puerta con candado para que no se les pierda lo que tengan.

 

Ella, con sus manos levantó las paredes, si sabía hacerlo, contrató a un ayudante para hacer el techo, las fuerzas le llegaron hasta ahí, sola no podía, para dejarles un techo digno a los hijos que había dejado desamparados el cruel destino de su hija.

 

Ahora, pasa sus días más felices, con la llegada del camino a unos pocos quilómetros de su casa, ya falta menos. El sueño está concretándose a pasos agigantados, y se llama así.

“El Camino d los Sueños” el de los serranos que murieron albergándolo en el corazón, de los que a pico y pala lo comenzaron, el de todos los pobladores de las sierras pueden por fin verlo realizado, como lo ven esos ojos bellos de Margarita.

 

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